¡Hola! Soy Lucy y hoy os voy a contar la historia más deliciosa del mundo: cómo mi Tito Paco nos salvó el domingo más hambriento de nuestras vidas con sus churros mágicos.
El Domingo del Gran Desastre
Era domingo por la mañana y nos levantamos tardísimo. Raquel y yo bajamos a la cocina con mucha hambre, pero mamá estaba muy preocupada abriendo y cerrando todos los armarios.
"¡No hay pan!" nos dijo. "Solo quedan dos rebanadas y somos cinco en casa. Papá se olvidó de ir al supermercado ayer, y encima hoy es fiesta en el pueblo y todas las tiendas están cerradas."
La Llamada de Socorro al Tito Paco
Papá tuvo una idea brillante: "¡Voy a llamar a mi hermano Paco! Él siempre tiene soluciones mágicas para todo."
Le explicó por teléfono lo que pasaba, y entonces escuchamos la voz alegre del Tito Paco al otro lado: "¡No te preocupes! ¿Tenéis harina en casa?"
"Sí," dijo papá.
"Perfecto. Yo traigo lo que falta y en media hora estamos todos comiendo los churros más ricos del universo. Y de paso, les enseño a los niños a hacerlos."
La Llegada del Superhéroe Churrero
¡Y allí llegó nuestro Tito Paco con una sonrisa enorme y una cosa metálica rarísima en la mano!
"¡Hola, mis chefs favoritos!" nos dijo. "¿Quién quiere aprender el secreto de los churros perfectos?"
Yo di un salto de mi silla. ¡Quería aprender! Raquel se escondió detrás de mamá porque aún era muy pequeña, y Carlos dijo que los churros eran "comida de viejos" (¡qué tonto es mi hermano a veces!).
La Lección Mágica del Tito Paco
El Tito Paco me puso un taburete al lado suyo y empezamos la magia.
Primero pusimos harina en un bol grande. "Tres cucharadas por persona," me explicó mientras contábamos: mamá, papá, Raquel, Carlos, tú y yo. "Seis por tres, dieciocho cucharadas."
Pero el Tito Paco añadió dos más. "Siempre un poquito extra, Lucy. Si sobra, Thor se encargará de terminárselo," me guiñó el ojo mirando a nuestro perro.
El Momento de la Verdad
Añadimos sal, levadura y agua poquito a poquito. Yo removía y removía hasta que la masa quedó perfecta. ¡Era como un experimento de ciencias!
Mientras tanto, mamá calentó aceite de girasol en la sartén grande. "¿Por qué girasol y no oliva?" le pregunté al Tito Paco.
"Porque el aceite de oliva tiene mucho sabor propio, Lucy. Para los churros necesitamos uno más neutro que deje brillar el sabor de la masa."
¡La Magia en Acción!
El Tito Paco llenó la churrera (esa cosa metálica que parecía una jeringa gigante) con nuestra masa perfecta. Entonces empezó a apretar y... ¡WOW!
La masa salía haciendo espirales perfectas en el aceite caliente. ¡Era como ver a un artista pintando con comida! Los churros se doraban y el olor llenaba toda la cocina.
Hasta Carlos se acercó y dijo: "Vale, eso mola."
El Desayuno Más Feliz del Mundo
En diez minutos teníamos la mesa llena de churros doraditos y humeantes. Mamá había preparado chocolate caliente, y papá hasta había sonreído después de todo el lío de la mañana.
Cuando probé mi primer churro mojado en chocolate... ¡era como morder una nube crujiente llena de felicidad!
El Final Más Dulce
Desde ese día, cada vez que viene el Tito Paco, yo le pido que hagamos churros juntos. Y ahora sé que cuando sea mayor y tenga mis propios hijos, les enseñaré los churros mágicos del Tito Paco.
Porque hay cosas que se enseñan con las manos, con el corazón, y con mucho chocolate caliente.