¡Hola! Soy Lucy. ¿Alguna vez habéis visto un huevo bailar? Yo sí. Y hoy os voy a contar cómo mi abuela Rosa me enseñó el secreto más mágico de toda mi vida: el secreto del Huevo Bailarín.
El Domingo del Misterio
Era un domingo cualquiera. Me levanté temprano (cosa rara en mí) porque habíamos quedado en ir a casa de la abuela a pasar el día. Carlos, mi hermano mayor, estaba gruñendo porque quería quedarse en la cama. Y Raquel, mi hermanita pequeña, estaba saltando en mi cama cantando "¡vamos con la yaya, vamos con la yaya!".
Cuando llegamos, la abuela nos esperaba con una sonrisa enorme y algo brillante en las manos.
Sartenita la Mágica
—Buenos días, mis tesoros. Hoy os voy a enseñar algo muy especial. Lucy, tú serás mi ayudante principal porque eres la más curiosa de la familia.
Bajé corriendo las escaleras en pijama. En la cocina, sobre la mesa, había una sartén antigua de hierro con flores pintadas en el mango. No parecía especial, pero la abuela la miraba como si fuera un tesoro.
—Esta sartén perteneció a mi abuela, y a la abuela de mi abuela. Tiene más de cien años, y en todo este tiempo, nunca ha dejado de hacer magia los domingos.
La abuela encendió el fuego muy bajito. Echó un poquito de aceite de oliva y esperó. Yo miraba sin pestañear.
—Ahora viene lo importante —dijo ella—. Tienes que coger el huevo con las dos manos, cerrar los ojos, y pensar en algo que te haga feliz. Luego, lo cascas en la sartén con mucho cuidado.
Hice exactamente lo que me dijo. Pensé en mi perro Luna, en los días de playa, y en las historias que me contaba la abuela. Casqué el huevo y... ¡pasó algo increíble!
La yema empezó a bailar. No estoy exagerando. Se movía de un lado a otro de la sartén, dando saltitos pequeños, como si estuviera bailando una danza antigua. La clara formaba remolinos perfectos a su alrededor, como si fuera un vestido blanco brillante.
—¿Lo ves? —susurró la abuela—. Cuando cocinas con amor y con calma, hasta los huevos bailan.
Nos quedamos en silencio, observando. El huevo siguió bailando durante dos minutos más, moviéndose al ritmo de algo que solo él podía escuchar. Luego, poco a poco, se quedó quieto. La yema perfectamente dorada en el centro, la clara crujiente en los bordes.
La abuela lo sirvió en un plato con una tostada de pan recién hecho.
—Este huevo tiene un poder especial —me explicó mientras desayunábamos—. Todos los domingos que uses Sartenita y hagas bailar el huevo, ese día será un día bueno. Un día lleno de risas, de paciencia, y de momentos bonitos.
Y tenía razón. Ese domingo fue maravilloso. Jugamos a las cartas, dimos un paseo por el parque, y por la tarde hicimos galletas. No hubo gritos, ni prisas, ni enfados.